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jueves, 28 de junio de 2007

Crónica diaria


Hoy abrí la ventana y miré hacia la calle, porque sabía que algo diferente a lo que veo todos los mariangélicos días me esperaba. Y, entonces, su delicada piel roja chocó con mis ojos y su grito ahogado perforó mis lágrimas y recordé. Recordé dónde guardo un mechón de pelo del año ochentaicuatro y un diente enano del noventaitrés, el programa de la única vez que mi papá me llevó al cine a mí sola, una colección de estampitas y otra de estampillas y otra de monedas, y todo eso que ya...

Al fondo, muy al fondo, se abrió paso Rosita, ésa que me acompañó toda la infancia y que ahora -al igual que papá- yace en una caja de madera. Pero al menos, ni Rosita ni papá pasan el frío abandónico que se cala en un alguna-vez-querido peluche rojo y en quienes allí duermen, en la calle Viamonte.

Mi nombre ya es una foto callejera.

2 comentarios:

Diego Monrroy dijo...

Este texto es una radiografía perfecta de lo profunda y tierna que sos. De lo madura y de lo muy buena escritora. De lo remadora, de lo compañera y de lo cariñosa que sos.
Te amo, hoy más que nunca!

josé dijo...

Qué bueno es tener esta posibilidad de expresar al autor, la sensación que depara su texto. Creo anduve antes aquí, primero atraido por el título de tu sitio, después los regresos han sido por una cuestión de afinidad y de ternura.
Desde Corazón Urbano