
Hoy abrí la ventana y miré hacia la calle, porque sabía que algo diferente a lo que veo todos los mariangélicos días me esperaba. Y, entonces, su delicada piel roja chocó con mis ojos y su grito ahogado perforó mis lágrimas y recordé. Recordé dónde guardo un mechón de pelo del año ochentaicuatro y un diente enano del noventaitrés, el programa de la única vez que mi papá me llevó al cine a mí sola, una colección de estampitas y otra de estampillas y otra de monedas, y todo eso que ya...
Al fondo, muy al fondo, se abrió paso Rosita, ésa que me acompañó toda la infancia y que ahora -al igual que papá- yace en una caja de madera. Pero al menos, ni Rosita ni papá pasan el frío abandónico que se cala en un alguna-vez-querido peluche rojo y en quienes allí duermen, en la calle Viamonte.
Mi nombre ya es una foto callejera.
Al fondo, muy al fondo, se abrió paso Rosita, ésa que me acompañó toda la infancia y que ahora -al igual que papá- yace en una caja de madera. Pero al menos, ni Rosita ni papá pasan el frío abandónico que se cala en un alguna-vez-querido peluche rojo y en quienes allí duermen, en la calle Viamonte.
Mi nombre ya es una foto callejera.