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miércoles, 23 de mayo de 2007

Volver

Ando ruteando la ciudad. Vivo cubriendo la inconmensurable distancia que puede haber entre mi antigua vida, compartida palmo a palmo con la estimada señorita soledad, y mi contemporaneidad, felizmente rebalsada por los besos del señor Monrroy (¿por qué estarás llegando tarde? No te habrás quedado dormido, ¿no?). Y cuento los minutos. Y me duelen las orejas del tirón. Las bromas me reclaman que comparta mis sonrisas con quienes estuvieron en el fondo del océano conmigo, cuando las únicas luces eran ellos, cuando aprendí a hacer nudos para toda la vida. Nudos que bañé con más lágrimas de las que jamás podría contar y nunca cedieron ni un poquito. Nudos en los que hamacaba, auque no fuera más que por un rato, los bloques de cemento que taponaban mi fluir de sangre. Nudos que bendigo hoy, y siempre. Porque podré ausentarme por unos días, unas semanas. Sólo para que el regreso me convierta, a mí, en un nudo más fuerte, capaz de soportar cualquiera de las tempestades que atraviesen aquellos que me consideran su amiga.

Mi nombre ya es timón.

1 comentario:

Diego Monrroy dijo...

El fondo del océano quedó atrás, ahora el aire llena tus pulmones: es limpio, claro, cálido. Y la gente que estuvo en las malas siempre estará. Ahora llegó la hora de hacerte nudo para ellos, para cuando necesiten a alguien para bañarse en lágrimas o para desatarse el alma.
Vení, apretame fuerte la mano, caminemos.