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viernes, 3 de agosto de 2007

Monamur

Si pudiera vencer la inercia del susto frente a la pantalla en blanco, te diría que lo único que intento, día tras día, es poner en palabras todo aquello que... Me digo, entonces, que yo no sé escribir cartas de amor, que cómo puedo saberlo si nunca escribí una, si para mí el amor era tan real como las alas de Ícaro. Y lo digo, porque yo siempre estuve en el agua, siempre a punto de ahogarme, ola tras ola. Me hice de corcho y llegué a tierra, donde adquirí una cubierta de metal, para electrificarme las defensas. Y así andaba, tratando de ocultar el dolor que me causaba respirar, las náuseas que me generaba el vacío de futuro. Sin embargo, no olvidaba que un día me había prometido crecer alas. El problema era que no sabía cómo. Hasta que te conocí.

Conocerte fue el dulce despertar de aquellos sueños que me prohibía bocetar siquiera. Desde el día en que me besaste la estimada señorita soledad me dijo adiós. Los viajes en colectivo dejaron de ser parte de mi escapismo cotidiano; son el preludio de la felicidad, ahora. El domingo, el día inexistente, el del soliloquio devorador, es el sagrado amanecer entre tus sábanas y descubrir que hace más de un mes que no lloro. Y, si decís que el eco de mi risa llena tu casa -antes desabrida-, si Mafalda mueve más la cola los fines de semana, es porque, compartir la mesita verde de la cocina con vos hace mi felicidad más generosa. Te confieso, además, que estoy empezando a despegar tanto pasado de las paredes de mi casa. Ya no necesito recordarme las piedras, sólo queda el color de los girasoles. Y adornar esas paredes con tus ojos, tus labios, tus palabras que dibujan un espejo que aprendo a amar; tus palabras pintadas en cada rincón, desde donde me saluden todas las mañanas, y me besen todas las noches.

Como esa noche, en la que dije “no me dejes” y respondiste que nunca ibas a hacerlo. Y, casi sin respiro, con todo el convencimiento que provee el estar enamorado, susurraste que te ibas a quedar conmigo para siempre. Te abracé y traté de articular palabra, pero primero llegaron las lágrimas. Tenía miedo de promesas incumplidas. Tuyas. Mías. De los dos. “Lo único definitivo en mi vida son las ausencias”, descubrí en ese momento. Tenía miedo.

Hoy, en cambio, desperté con la sabiduría que da, el lecho compartido. Salté de la cama y nunca toqué el piso. Estaba algo dormida todavía; no reaccioné hasta que Mafalda trató de lamerme las plantas de los pies. Entonces, descubrí que tengo alas. Que los caballeros andantes pueden andar perdidos. Que mi juego favorito es contar tus pestañas. Que mi pecho puede abarcar más superficie que el océano. Que tus manos en las mías son necesarias. Que vuelo en cada uno de tus besos. Que ya no tengo miedo. Que somos futuro.

Mi nombre ya es feliz seismesario.

1 comentario:

Diego Monrroy dijo...

¿Que decir de éstas líneas? ¿como poder expresar algo que es tan profundo, tan...? ya sé que soy escritor (o lo intento) pero una vez (¿te acordás?) te dije que las palabras no alcanzan para describir este amor.
Pueden darle a la gente que nos quiere y nos rodea una cierta idea de lo que nos está pasando, pero no puede encerrar todo, todo, todo.
Te amo!